Capitulo I
Mi madre y sus costumbres... el instituto me aguardaba sí, a escasos cien metros. Llegar temprano a la puerta con taaanta gente esperando solo significaba una cosa, cientos de miradas curiosas al darse cuenta de que era un chico nuevo. Por suerte la solución era sencilla, bastaba con caminar como si en realidad no fueses a ese instituto, como si fuese tu ruta habitual, con tranquilidad, y una vez tocase entrar simplemente te camuflas en la multitud. No falla, son incapaces de ver el árbol en el bosque. Pero claro, no todo es perfecto, eso conlleva estar de lo primeros en clase y ser la atracción de feria para menos gente. Algo es algo.
Y así fue, tal y como predije nada más entrar por la puerta todos me miraron, se levantaron y me rodearon como buitres en busca de carroña fresca. "¿Cómo te llamas?", "¿Qué haces aquí?", "De donde eres?", el bombardeo no cesaba, y me tocó responder. Y como siempre ellas empezaron con su tontuna, algo que me agobia ligeramente, mi timidez es visible a simple vista pero eso no hace que paren. Mi frase favorita es: "Uy Izan, que ojos más bonitos tienes.". Se ve que mis ojos grises deben tener un efecto hipnótico en las mujeres, pues todas se quedan fascinadas con ellos y, cuál barco pesquero, comienzan lanzar sus anzuelos traicioneros. En ese momento caí en la cuenta de que algo estaba fuera de lugar... bueno, lo correcto sería decir que alguien SÍ estaba en su sitio. Una chica había pasado cual espectro por la clase y se había sentado en su sitio.
Me dirigí a sentarme cuando llegó el profesor, y ansiando saber quien era aquella chica solitaria, y simplemente tuve que esperar a que pasasen lista para oír un "Presente" precedido por lo que esperaba escuchar... por ese "¿Anna?" que me hacía mirarla por el rabillo del ojo, esperando que no se fijase. Sin duda era especial... y sin duda estaba deseando hablar con ella.
Fue a la hora del patio, salí derecho a buscarla, pero en vez de encontrarla me topé con un grupo de chica que se me echaba encima ofreciéndome un sitio con ellas. Se me había olvidado aquello de las mini-sectas que se forman en el patio, sencillamente rehusé su oferta elegantemente. Una vez solo me giré y la vi, bajo un árbol, sola y "feliz" de estar tan tranquila.
Me dirigí a ella, que parecía no comprender mi dirección y buscaba con la mirada hacia donde me podía estar encaminando, eso sí, era incapaz de ocultar su sorpresa al verme caminar hacia ella. Interiormente estaba sonriendo como si la conociese de toda la vida. Si realmente se puede estar predestinado a conocer a alguien en concreto, no pude evitar pensar con cada paso que yo había nacido para conocer a Anna, la chica solitaria del fondo de mi clase.